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Pulso

Hay una serie de cosas, una cosa dentro de otra;
en las dimensiones correctas, nunca puedes imaginar el objeto.
Creo que no ser capaz de imaginar el objeto
es algo muy importante.
Nunca puedes convertirlo en una imagen.
Siempre es parcial; siempre es parte de algo.

Anish Kapoor

 

1 —Parámetros
Poner los dedos en el pulso permite sentir el latido básico de la vida. Ese doble ritmo sostenido marca la distribución del oxígeno por las venas que recorren el cuerpo. El gas invisible que entra y se reparte en el sistema, abre y contrae después el diafragma. Un animal está vivo cuando respira, su corazón late, su caja torácica sube y baja. Mientras continúe así, sabemos que no empezará a descomponerse y podremos seguir compartiendo el aire invisible. Sin esfuerzo se prolongará el bombeo cardíaco, la irrigación, la exhalación, la salida del dióxido de carbono. Segundo a segundo, esa medida básica de la vida será reiterada como una convulsión incesante que marca el intercambio estable.

En el reino vegetal, el proceso que mantiene la vida muestra otros signos visibles asociados no sólo al intercambio gaseoso sino también a la recepción de luz solar. El ritmo que marcan los ciclos respiratorios quedan reflejados en el interior del árbol, grabado en anillos concéntricos, en nudos. Ese registro recoge un pulso más lento que establece cuánta luz y radiación fue emitida por el sol cada año, cuán crudo fue el invierno, cuánto asfixió el calor. Como bien sabe la astronomía, el sol deja sus huellas en el corazón del mundo vegetal. Por eso, las vetas silenciosas son un registro que respira con una lentitud secular, ajustada a un tiempo mucho más largo, a un tiempo que se mueve detenido.

Pero los parámetros que se aproximan al pulso de la vida combinan, además, otras formas de intercambio entre los hombres y las especies vegetales, donde se conjugan todas aquellas funciones específicas que han permitido la supervivencia. La madera proporciona el fuego y el hogar que cubren la necesidad diaria de calor, de alimento, de protección. En el frío del invierno, abrigado del las inclemencias del tiempo, la madera cocina el alimento, prolonga la vida y es convertida en otra energía que el hombre aprovecha. El árbol no solo contribuye a la vida a través del fruto, sino en el calor, en la herramienta, en la protección, además de ser la cantera de la que se obtienen listones y planchas para construir la vivienda. Energía, defensa, viga maestra; el árbol y su madera marcan un pulso de intercambio en la cultura material que ha permitido la vida de la especie.

2 —Procesos
No obstante, al llegar al taller del artista se inicia un proceso distinto. La respiración se entremezcla y cambia de ritmo. Despojada de su función utilitaria, la madera late en el encuentro con las manos que la exprimen y la contorsionan. En ese procedimiento táctil y tembloroso, la mano alienta una respiración impredecible en la dureza del material: bifurcaciones, extrañas atracciones y movimientos caóticos plantean un nuevo pulso, una tensión física entre la piel del artista y el corazón del árbol. La función dispuesta originariamente por la explotación cultural se detiene y comienza una cirugía estética sobre el duro tronco. En un esfuerzo apasionado se busca la manera de extraer una formación orgánica que no tiene naturaleza definida: ni árbol, ni instrumento, el nuevo objeto respira un aire de interrogación. En la leyenda de Frankenstein, el doctor trae al mundo a su criatura uniendo partes y fragmentos. Pero sobre todo, trae al mundo un ser que cuestiona la esencia humana.

En Pulso, la expresión que adopta el espacio se construye mediante un minucioso acto de ensamblaje con retales: el fragmento reciclado le da una segunda vida a esos trozos reunidos de madera. En esa estructura reticular no se forma una cápsula cerrada, sino que se abre una nueva forma de entender el umbral que permite quedar dentro de la madera sin estar atrapado. Como una serie de filigranas toscas esa matriz compone, entonces, una variante de la celosía que permite mirar a través de la grieta, espiar hacia afuera, mantener el secreto femenino al interior. Seguramente, se podrá intuir que ese gran huevo es una cápsula que acoge la gestación. En ese caso, la grieta que lo atraviesa indica la ruptura que permite la salida al mundo. Y al mismo tiempo testifica la destrucción del entorno protector. Ser arrojado a la vida es un acto que desafía a la muerte. O que la prepara: después es cosa de dejar actuar al tiempo.

Esta dialéctica entre el encierro y la protección, entre la membrana permeable y la cota de malla, entre el órgano vivo y el objeto roto, habla del limbo que se extiende entre la vida y la muerte. Entre el nacimiento y el momento de expirar, todo suceso permanece indecidido, abierto a la interpretación del momento, a los aires de la historia: esa es la respiración existencial. Cualquier momento contiene el absurdo de la vida. Por eso el túmulo funerario que se levanta contra la muerte fija, ante todo, un memorial, una manera de mantener el recuerdo ante el avance de las interpretaciones en el tiempo. Mantener el pulso de la vida obliga a imaginar los procesos que simpatizan con la transformación de lo dado. Íntimamente, todo ejercicio contemporáneo busca el límite de una utopía artística. O cuando menos, un salto imaginativo que escape a la lógica productiva. El artista ya no hace objetos sino que lee, toma el pulso a su material de trabajo. Si el juego con un material acumulado, con los cortes y retazos de madera recuperados, ya no guarda relación con su uso original, con la reconstrucción de lo que alguna vez fueron, entonces la única posibilidad de continuar sintiendo el pulso de la materia es reconvertirla, hacer de todos esos fragmentos mutilados un alfabeto personal que trata de escribir el relato que late en el cuerpo de un viejo material, de un añorado amigo. En ese momento, como un acontecimiento, la mano vuelve a tocar la antigua veta del árbol.