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PILAR OVALLE : NATURA VINCIT

Guillermo Carrasco Notario

 

      El arte de Pilar Ovalle es un ejercicio de desentrañamiento: raíces sacadas de la profunda tierra, seducción de vetas ocultas en el leño añoso y dadas a luz a través de un oficio amoroso y sensual; pero en este rito de inmersiones en la materia vegetal hay sobre todo un  trance vital: la búsqueda incesante de la artista por desentrañar lo inexpresado.  La escultura de Pilar Ovalle es un ejercicio de profundidades, de interrogantes más que de respuestas.  Es en el constante asedio a lo oculto donde su obra cobra dimensiones de grial, de vasija contenedora  de lo primigenio.  Efectivamente, en la mejor parte de su arte hay un trance contenido,  donde se conjugan en tensión sensorial el orden y el caos, lo medido y lo desmesurado, la técnica y la naturaleza.

       El pulso de sus volumetrías siempre describe un glosario íntimo; allí están cifradas las búsquedas y las interrogantes de la artista, en un mapa arbóreo donde el ciprés de las guaitecas o las raíces olorosas del hemisferio austral se ponen al servicio de construcciones expresivas que buscan ahondar en el misterio, en el silencio primero de donde nace la obra y al cual tiende siempre a volver.  El suyo es un viaje hacia las entrañas de lo inmanifiesto que se extiende debajo del logos.  En su búsqueda visual hace fluir la savia desde las raíces mismas del ser hasta los últimos extremos de sus construcciones escultóricas.  Hunde sus manos en el silencio originario, que es lo potencial que contiene en sí todas las cosas aún indiferenciadas: el tiempo y la memoria, lo divino en todas sus formas y lo humano con su frágil escritura de arena.

       Pilar Ovalle parece repetir en su ejercicio escultórico los versos de Whitman: “Todas las cosas tienen su verdad. / Una verdad que no se apresura ni se resiste a salir”, y en la trama misteriosa de sus esculturas va develando esa verdad de las cosas, en un itinerario que debe recomenzarse, con paciente oficio y vehemencia de leñador, cada vez que un madero le habla  a sus manos.

       Hay también, en este encuentro de “lo crudo y lo cocido” que son aquellas esculturas de Pilar donde un leño encontrado (object trouvé) es cuidadosamente ensamblado a una  estructura  finamente pulida, un genuino tributo a la naturaleza, pues en ese tipo de obras la madera encontrada es cuidadosamente engarzada en una montura trabajada por la artista, dándole al objeto bruto un contexto de gema de mucho significado.  La maestría de Pilar Ovalle sabe descubrir en lo insignificante dimensiones inagotables.  Para todo esto Whitman tiene versos que a ella le hablan con vibraciones proféticas (“Creo que una hoja de hierba es tan perfecta como la jornada sideral de las estrellas”).

       En la presente muestra Pilar nos regala también la ilusión del amor eterno, en sus anillos de nudos rugosos en los que ha grabado frases que los enamorados ingleses del s. XVII escribían en sus argollas.   En su lozana ingenuidad, estos versos grabados sobre los anillos de resecas maderas son como gotas de rocío sobre la yesca.  Especialmente cuando en el más grande de los anillos está inscrita la frase: “La experiencia es lo único que permanece”.

       Hacen su aparición pública en esta muestra obras que tienen relación con las primeras búsquedas de Pilar, realizadas en alambre y trapos, y que hablan de la necesidad de la artista por expresarse también en materias más dúctiles, que le permitan plasmar el primer impulso creativo casi sin mediar herramientas.  Así, en este juego de tramas y urdimbres, la escultora va reconstruyendo su propio tapiz biográfico que, como toda su obra,  bebe su savia de las entrañas mismas de esta leñadora metafísica. En su dinámico mundo expresivo, Pilar recurre al objeto encontrado y al ensamble perfecto, a los fragantes desechos de madera de su taller, a los alambres, los trapos, el cuero y  el costureo, señales todas de que sus visiones son de una rica densidad, que requieren de una amplia gama de materiales para dar en el clavo.

       Dejaré de lado consideraciones más o menos evidentes en relación  a las maderas de Pilar Ovalle: su calidad orgánica, sus referentes ecológicos, su depuración técnica, etc., para referirme finalmente a dos piezas claves de la muestra: “El origen del mundo”, alusión directa al cuadro homónimo que Gustave Courbet pintó en 1866 para el coleccionista Khalil Bey, y “Natura Vincit”, que da el nombre a la muestra.

      Cuando en 1955 “El origen del mundo” de Courbet llegó a las manos del psicoanalista Jacques Lacan, éste encargó una especie de panel-cortina de trazos abstractos al pintor André Masson, con el fin de cubrir “ese sexo en estado bruto” y exhibirlo sólo ante algunos “elegidos”.  “El origen del mundo” de Pilar Ovalle abre su portal de fertilidad a los cuatro vientos, invitándonos a visualizar la vasija femenina como el caldero original, receptáculo primero de todo lo existente. Naturaleza rotunda en su más amplio sentido, entendida como la esencia y propiedad de cada ser y la disposición de todo lo que compone el universo.

      En este orden de cosas no es accidental que la pieza que da el nombre a la muestra sea precisamente “Natura Vincit”, un árbol cuyas hojas o pañuelos votivos son unas manos bordadas en crea.  Es el tributo de la artista a la naturaleza triunfante, frente a cuyo misterio insondable sus manos de creadora parecen convertirse en pañuelos echados al viento, entregados al flujo creativo que transmuta la savia vegetal en sabiduría poética.