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En el quehacer artístico:

“No  se puede transar”

Así piensa la reconocida mujer-huracán de la escultura chilena. Pilar Ovalle (1970) cuenta hoy sus próximos desafíos en Chile y Korea. Confirma su compromiso con la exploración personal, aunque delata que entre jóvenes creadores se impone el  “facilismo mediático del copy+paste”.

Por Carolina Abell Soffia

    Verdes y ocres exaltan en su rostro. Son ésos, sus ojos vibrantes los que reciben y dan acogida en una casa casi transparente como ella. Encaramada en la ladera de un cerro, con nombre complicado, la vivienda de enormes ventanales se enfrenta un paisaje de relieves altibajos. Desde ahí, todos los días, la artista observa un mini valle escondido en Lo Barnechea. Vive esa parte del escenario natural chileno, al despertar y cuando come con sus 3 hijos; al compartir su cotidianidad con Gonzalo Donoso y al moverse -desplegando energía torbellina- por sus dos talleres.

    Pilar Ovalle (1970) es genuina. Su obra llega como un huracán al arte chileno contemporáneo. Emerge rápido y alcanza reconocimiento a una velocidad desacostumbrada en la escena local. Expone en las galerías capitalinas más importantes y, también en pocos años, en el Museo Nacional de Bellas Artes. Viaja “con la obra en la maleta”, recuerda con gracia y, también, con temprana visión se concentra en la madera como materia predilecta de su escultura. Luego, sin meditarlo demasiado, autogestiona su ingreso al mundo artístico internacional. Le va bien. Poco a poco, cumple con encargos nacionales y extranjeros. Y, ahora, se prepara para partir a Korea. Va a crear una obra que quedará emplazada en un importante espacio arquitectónico. El hall principal del “Art Center Icheon” en la ciudad de Icheon quedará una pieza, en madera del lugar, que se abrazará a un pilar girando alzada por el espacio. 

-¿Agotada?

-No, fascinada. Creo que mi obra es como un canto que entregar. Es para compartirla, para comunicarla como la vida.

COMO SI FUERA ALEMANA

     Todo en ella ha sido pasión y movimiento. Desde su niñez en Santiago y, después, cuando iba a los colegios Villa María y Las Teresianas. Antes, cuando su padre decide quebrar los hábitos chilensis, y la lleva a vivir a Estados Unidos junto a su madre y a sus tres hermanas, “dos morenas y dos rubias”, precisa. “Ir a varios colegios y hacer propia otra lengua, entre otras experiencias vitales, fueron procesos fundamentales para desarrollar la resiliencia, la resiliencia y la resiliencia que me ha permitido levantarme”, acota.

    Flexible y, consciente (desde antes de los 11 años) de las habilidades que la hacían feliz, siguió adelante en el camino del arte. La sensibilidad materna, junto a una memorable relación infantil con su padre, le permitieron desenvolverse en la danza, la gimnasia y las manualidades. “En todo era buena. Las profesoras se encantaban y me ayudaban…  ¡Me fascinaba aplicarme a esas tareas las tardes completas!”, recuerda. Luego, solo continuó en compañía de “una disciplina férrea, porque soy ‘matea’ para mis cosas. Es como si fuera alemana”, comenta alegre.

    El paso por el extinto Instituto de Arte Contemporáneo (IAC) funcional en la década de 1980 en la Plaza Mulato Gil de Castro, le permitió tener cerca, entre otros profesores, a Elisa Aguirre. Ella fue clave. “Con su amor por la enseñanza y, por eso, postergando su tiempo de creación propia, me impulsó. Yo, con ansias de saber y de hacer, continué”. Después, motivada por el profesor y escultor Gaspar Galaz, indaga la escultura en fierro en la PUC. Y, tras un año, persevera con la madera.

    Entonces, su vida nortina transcurría aparejada a su dedicada maternidad, pero el arte era también impostergable. Y, para eso, como en ocasiones anteriores, recurrió a la creatividad. “¿Madera?, ¿allá?, ¡era imposible! Me conseguí cortes de barracas, desechos y comencé a trabajar con uniones”. Las ansias por conocer técnicas antiguas y artesanales fueron un desafío permanente para conocer árboles y maderas disponibles. Los mundos del mueble y de la ebanistería junto a la admiración por el quehacer del luthier como, también, de otros artistas, la condujeron -poco a poco- a conquistar un oficio extraordinario. Necesitaba conocer su materialidad profundamente y, lo hizo. Más de 200 obras y, sus manos carpinteras, lo revelan.

-Entonces, ¿cuál fue la fórmula para conseguirlo?

-Trabajo, trabajo y más trabajo.

    Siguió siendo mamá y, paralelamente, comenzó a mostrar su obra. Regresó a Santiago y sobrevinieron nuevos cambios de casa y taller. Afrontó una nueva realidad sola y  con “los niños bien chicos”. Así, con fuerza de columna pétrea, superó dos cánceres sin dejar de estar centrada en la escultura, porque allí encuentra felicidad. Hacer escultura es como “un canto que, en la vida, se debe compartir”, añade.

-¿Te pesó alguna vez ser casi autodidacta?

-No. Siempre me dio lo mismo no haber estudiado. Mi afán por conocer las técnicas fue para conocer la materia de mi obra. Solo para poder cubrir esa necesidad enorme con un imaginario evocativo y resistente. Tenía furor por aprender para sacar adelante mis piezas. Busqué caminos metodológicos a través de libros. Me nutrí de los conocimientos de la carpintería japonesa e inglesa, de la chilota y de artesanos boteros… De allí en adelante, seguí inventando -por ejemplo-, cómo unir pedazos chicos de madera sobre lino o crear cuerpos con ensambles. 

-A los 20 años, ¿cómo definiste tu camino?

-Fue clarísimo y conté con el apoyo de profesores del IAC, sino me podría haber perdido como muchos. Fue genial para mí, porque me ayudaron a ganar la libertad que me permitió despegar. Muchos se perdieron por no saber cómo usarla y, otros, por falta de resonancia en el ambiente que, en esos años, estaba muy influido por el arte abstracto. Este trabajo es absolutamente interior y obliga a transgredir la tendencia propia de luchar por una nota, porque ¿cuánto dura eso? También fue muy, pero muy, importante tener muy buenos maestros en la vida.

-Tu obra, en los ‘90, ¿nació como huracán de emociones?

-Sí. Todo es una emoción, sonríe. A partir de ellas entendemos y no al revés. La emoción es anterior a la razón. Cuando partí todavía estaba la idea bohemia del arte. Yo era muy distinta, necesitaba máximo orden, máxima disciplina y rigurosidad. No podría haber creado en el caos.

-El trabajo más espontáneo, ¿quedará atrás?

-En un principio, sacaba la madera de ríos, recolectaba trozos podridos del bordemar y reciclaba despuntes. Mi escultura partió así, desde lo más mínimo. Con eso armé mi puzzle. Finalmente, estuve 15 años trabajando así, porque era la única posibilidad que tenía de vincularme con ella y era gratis. No tenía infraestructura ni nadie que me enseñara, entonces, busqué. Todo nació por una necesidad interior muy fuerte. Después de apropiarme de este material, me di cuenta -solo hace cinco años-  que no me he hecho cargo de él todavía, pero lo haré.

-Eso, es, ¿buscar la madurez de la obra?

- Recién puedo permitirme hacer esculturas que no sean vendibles. Es una nueva etapa. Crear desde esa condición, es llegar a la máxima aspiración.

EN LOS TALLERES

-La obra se hace a solas. Has tenido temprano reconocimiento artístico y recepción comercial, ¿qué es lo que no transarías?

-Siempre aspiro a tener libertad para seguir. No me interesa estar haciendo esculturas para venderlas, porque desde que empecé me di cuenta era ahí donde apretaba el zapato. Es impensable no transar si necesitas la venta mensual. Para avanzar me esforcé para conquistar una cierta independencia. La evolución no tiene que ver con el envase en sí mismo, sino con comprender cómo trabajo.

-¿Cómo ves la labor de las galerías hoy?

-Se han abierto nuevos espacios y hay mayor libertad. Tiene que haber más sintonía y respeto entre ambas partes, porque el artista no puede ser el empleado del galerista. Vivimos una situación mucho más global. Y, aunque no nos podemos comparar todavía con Nueva York ni con Berlín, el escenario ha evolucionado enormemente.

-Entonces, ¿volverás a exhibir en galerías chilenas?

- Desde mi tercera exposición, he evitado quedarme en la zona de confort. No tengo urgencia por exponer, porque no puedo transar mi obra. Consciente de eso, a fines de año, exhibiré en la Galería Marlborough. Serán 3 piezas. Tengo una abajo, en el otro taller, ¿quieres verla?

    Para llegar al subterráneo se bajan dos escalas, se cruza lateralmente una huerta urbana ya desvanecida y una espectacular terraza hormigonada. ¿Adentro? Frío, maderas y máquinas. Obras en proceso, despuntes, pegamentos y… un mesa que construye -ante su orgullosa mirada maternal-  solo y, “con apenas 15 años”, su hijo menor.

    La obra, explica mientras la toca, “alude al hombre, pero respeta la materia”. Está en ejecución, depositada a lo largo del piso, mientras -en otra amplia área- arma un volumen con curvas y ligeras sinuosidades inusuales a través de uniones y ensambles femeninamente cuidadosos.

    De regreso, en el estudio integrado a la casa -blanco, lleno de libretas, música, libros y esbozos- continúa: “Serán obras de mayor formato. Quiero que sean más genuinas y plácidas con respecto a la materia, pues nacen de un espacio de taller más reflexivo donde maqueteo, por primera vez, intentando que contenido y emoción se equilibren, porque hacer algo bueno con emociones es 10 veces más complicado que entender una idea y sacarla adelante. Ahora, me quiero hacer más cargo del trabajo escultórico, quiero abordar ese material sin desvincularlo de su historia.  En el escritorio, todo es posible, pero en el taller es diferente: hay gravedad, el espacio físico es real, mi cuerpo existe…”.

-El oficio y el talento evidentes en tu obra, ¿han sido problema?

-Pueden perderte, pero los necesité para expresarme con la materia, para conocerla mejor. No podría haber sido de otra forma. Ahora, estoy descubriendo una nueva etapa y, todavía, tengo  mucho que hacer con la madera.

-Tu creación, ¿es contemporánea?

-Uno no puede renunciar al material para ser artista contemporáneo. Acudir a lo nuevo por ser nuevo, es falso. Lo importante es la búsqueda, la exploración de la obra.

-¿Qué piensas del arte chileno joven?

- Veo artistas tratando de ser modernos sin serlo y aceptando un facilismo que se adueña de ciertos lenguajes que son interesantes, pero que tienen dueño. Veo otros, haciendo ejercicios de diseño relacionados con lo mediático del “copy paste” y adueñándose de técnicas, formas y lenguajes de otros, limitando así la evolución de su pensamiento.

-La vida con el arquitecto G. Donoso, ¿en qué ayuda a tu creación?

-En no temerle a los espacio arquitectónicos. Siento que somos socios. Él me aporta su sabiduría estructural. Me siento apoyadísima. Antes, no sé cómo logré emplazar una escultura, de 12 metros, desde un espacio ficticio, sola y sin arquitecto.

FRASES DESTACADAS:

“Todo es una emoción. A partir de ellas entendemos y, no, al revés. La emoción es anterior a la razón”.

 “El apoyo de la escultora Elisa Aguirre fue decisivo para mi desarrollo creador”.