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El bosque del Ser/Árbol

Pilar Ovalle trasmite la gran alegría que siente al encontrar un pedazo de árbol superviviente, ya informe y abstracto, a la obra que emerge de su hallazgo. No busca formas reconocibles; busca inspiraciones ocultas que se manifiestan al azar, con tiempo y reflexión. Busca fragmentos de alma, trozos de espíritu, y con sumo cuidado y respeto, los transforma en imágenes sugerentes, formas que son aleaciones de lo añejo con lo actual. Crea una visión fresca de la majestuosidad del árbol milenario.

Pilar rescata los restos de antiguos árboles y recrea desde su añeja esencia una nueva vitalidad, una renovada presencia. Rescata un tronco abandonado que descansa sin destino en la costa de un lago del sur de Chile, y encuentra en él, el nudo de una escultura. Acepta la textura pulida por el suave abrazo del agua costera, incorpora la acción desgastadora de la ubicua arena y el constante roce de las rocas; regocija en la caprichosa estructura que el tiempo y el destino han dado a aquel torso. Una vez llevado a su taller en Santiago, con su mirada incisiva, escoge el sector que le sirva.

Luego Pilar une el tesoro que ha extraído del tronco, a veces petrificado, a veces pálido por falta de savia, con bloques de otras maderas nativas chilenas, éstas taladas y trozadas profesionalmente por la agresiva maquinaria de los aserraderos modernos. El resultado parece una fundición de los dos materiales, como si fuera la sustancia un líquido maleable, como la arcilla, el metal o el polvo de piedra que emplean tantos de los demás escultores.

Agrega y quita, modela y pule la nueva masa hasta la perfección, hasta que desaparezcan las costuras. Entre el ensamblaje de fragmentos aparece una figura, o un árbol, o la combinación de los dos; esculturas interactivas en donde el niño en todos nosotros puede entrar en las entrañas de las creaciones de Pilar. Es en este instante que su obra toma vida y se comunica con el espectador.

Aquí entendemos que Pilar combina compromiso con maestría, talento con determinación. El tronco pierde su peso específico en sus manos; todo se torna dúctil. Las distintas maderas fluyen hasta unirse, hasta que emerja un árbol/hijo o un hijo/árbol que celebra la pasión de la creación. Pilar es pura pasión; la savia de la creación corre por las venas de sus obras. Trascendemos el ensamblaje de maderas para maravillarnos frente a una propuesta que se enriquece por el afinado sentido de la estética que guía la mano y el corazón de la artista.

Octavio Paz nos ha hablado de la similitud del hombre con el árbol; no hay nada más cercano en la naturaleza. Destaca las similitudes: el torso o tronco, la savia que corre por las venas, los brazos y la copa, los pies/raíces, su posición erguida, su elasticidad y flexibilidad frente la amenaza de los elementos. Pilar recrea esta unión de seres: el hombre con el árbol. Construye figuras que son la síntesis de las dos esencias.

Un amigo comenta que uno valora el árbol por su antigüedad, su dureza, su nobleza; se aplica a él una actitud sumamente oriental. El hombre occidental, sin embargo, valoriza la persona por su juventud, su semejanza a un estereotipo banal, su falta de rasgos marcados por la experiencia. Pilar intenta armonizar estas dos visiones contradictorias. Encuentra el punto justo que le permite lograr una universalización de la belleza. Recupera el verdadero sentido de la estética, que va más allá de la ‘barbi-zación’ de la belleza y el culto de la fealdad que suele reinar hoy.

Se inspira en la cruda realidad de los descartes de los bosques: aquellos magníficos árboles venidos a menos, como cualquier cuerpo orgánico, devorado por los imparables procesos de la naturaleza. Ve belleza donde otros solo ven desechos; sabe unir el pasado con el presente para crear algo que puede durar realzado en el futuro. Este bosque de seres/árboles revitalizados que vemos enraizados aquí en esta sala es un grito de esperanza, un mensaje de amor. El significado de la palabra Pilar: columna auto-estable, delgado, vertical o alguien que ocupa un papel central y responsable en su comunidad, coincide con, y capta la esencia de, nuestra Pilar escultora.

Estas obras tienen varias lecturas. La más obvia es la panorámica: descubrir el efecto armónico de 44 esculturas cohabitando en un espacio museístico de mil metros cuadrados. La sensación es de asombro generalizado. Luego el visitante se entromete en el despliegue de árboles/hombres, cabezas, y otras figuras; recuerda la experiencia de introducirse en un bosque nativa sin parámetros de memoria. Uno vive la magnitud de una grandeza natural. Luego empieza el visitante a examinar cada obra, primero de una cierta distancia, para captar su propósito. Al final, se acerca a los detalles más íntimos: descubre las arrugas de la piel, las anécdotas de los nudos, más lo que aporta la mano de Pilar. Todo empieza a tener sentido. Cada imperfección agrega su toque personal a la pureza de la propuesta; cada incrustación, cada intervención celebra la colaboración entre artista y material.

Retrocedemos para ver la exposición en su totalidad de nuevo, esta vez con nuestra visión enriquecida por haber descubierto los secretos que se esconden dentro de cada una de las obras. Así podemos apreciar la obra en todas sus dimensiones, como si podíamos ver todos los lados del árbol o del hombre con una sola mirada, captar la circunferencia de un ojazo. Pilar nos da esta capacidad de goce, de comprensión, de conexión con la vida y con nosotros mismos.

 

Edward Shaw

Tunquén, Chile