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Wenu Mamüll

(maderas del cielo)

Aliwen

Aliwen, el árbol masculino, penetra a Ñüke mapu, la tierra femenina, y juntos procrean la vida en el mundo. Sus frutos y semillas ofrecen la sabiduría y la inmortalidad, gestados en un árbol eterno que muere cada invierno y reverdece en primavera. Para hindúes y bantúes y musulmanes y judíos, para nórdicos y celtas y mayas y mapuches, el árbol es el vínculo con lo divino a la vez que la fuente del conocimiento. Un árbol sostiene el firmamento entre los mayas; durmiendo al pie de otro recibió Buda su revelación; un tercero, entre los judíos, trae del cielo los ríos que luego fluyen por sus raíces; por las raíces de otro árbol fluyen la leche, la miel y el vino, entre los musulmanes. 

El árbol, en la gran mayoría de las culturas de sesgo animista, vincula la tierra con el cielo. Las raíces recogen las plegarias y las elevan a través de las ramas al firmamento, donde el Gran Espíritu o sus distintos intermediarios decidirán si responden. También, las raíces comunican con el inframundo, allí donde inquietos espíritus intervienen en lo terrenal motivados por el capricho o, muchas veces, por el mal. En la cosmogonía mapuche, Negenchen reina en Wenumapu, la tierra del cielo, mientras abajo en Nagmapu, domina Wekufü, el maligno. El rewe de siete escalones habilita los traslados de la machi entre el cielo y el averno, adonde asciende y desciende durante los rituales. El rewe es labrado en tronco de canelo, el árbol sagrado mapuche, cuyas hojas en los bosques giran para levantar un muro de plata cuando se anuncia la tormenta.

 

Ayilemu

Ayilemu, el monte amado, es la selva fría chilena que se vierte desde los Andes hacia el Océano Pacífico, entre los paralelos 35 y 47 sur. Allí la lluvia es constante y su frescor alivia el frío, a diferencia de los bosques húmedos o tropicales que sobreviven en el resto del planeta, donde persevera el calor. Los grandes árboles del bosque valdiviano (como también se conoce a la selva fría) combinan sus follajes según su altura sobre el nivel del mar, su ubicación de norte a sur, el volcán a su lado, el lago a sus pies o el mar que lo rodea, en las islas patagónicas. Intercalados por helechos, arbustos y renovales, poblados de musgos, trepadoras y epífitas, y dando alimento a orejas de palo y un centenar de hongos más, los grandes árboles de Ayilemu –aquéllos que han sobrevivido al despojo de la codicia– han sido testigos del transcurso de los milenios.

El lawal o alerce (Fitzroya cupressoides) se eleva cincuenta metros y, monte adentro, es posible hallar ejemplares de hasta 4 mil años. El color de su madera es de un rojizo particular, tono que se aclara en la madera del raulí (Nothofagus alpina), y algo más en la del notro o ciruelillo (Embothrium coccineum) y del ciprés de las Guaitecas (Pilgerodendron uviferum), derivando a distintos matices de dorados y blancos en las maderas del triwe o laurel (Laurelia sempervirens), del coigüe (Nothofagus dombeyi), del sagrado foike o canelo (Drymis winteri), y del gevuín o avellano (Gevuina avellana). Pero la fiesta en el xilamen no es sólo de tonos sino también de pesos, densidades y vetas, como asimismo de olores. Los árboles de Ayilemu ofrecen de muchos modos sus maderas para el arte.

 

Domo mawida

Pilar Ovalle es la mujer del bosque, la domo del gran mawida del sur. Formada por sus maestros Elisa Aguirre y Gaspar Galaz, quienes desde un comienzo le permitieron seguir un camino propio y original en un entorno lleno de tendencias seductoras que desechó aun a costa del extrañamiento de sus pares, ha buscado en la escultura el conjuro de una existencia intensa, apasionada y tenaz. Al momento de esta muestra, Pilar Ovalle cumple recién 35 años. No obstante, el peso de su obra habla de los ancestros que la impregnaron de resinas desde sus primeros ensamblajes, de aquellos espíritus que hicieron llover despuntes para que ella los devolviera a Wenumapu, reinventados en un árbol improbable, en un ángel inverosímil.

Para esta artista, para esta domo inédita, cada escultura es un trozo de madera que recoge en su peregrinación diaria por el mawida de las emociones, el cual emerge como un grial colmado de luces. En sus incursiones más profundas, Pilar Ovalle recolecta las raíces y los troncos abandonados que el tiempo ha labrado por siglos a la espera de su arribo, cruzando a buscarlos a la orilla del frente del lago más lejano, o esperando a que el mar los deposite a su paso por la playa. El color de estas maderas se ha vuelto uno sólo, el gris que el viento y las lluvias han inducido en formas cuya sinuosidad es también resultado de la inclemencia pertinaz del clima. Cargada con los tesoros salvajes del bosque, la escultora retorna a su taller, adonde la esperan en orden las maderas aserradas que ha rescatado a su vez de la vanidad utilitaria. Y empieza entonces a tejer sus homenajes.

 

Wenu mamüll

Las maderas del cielo hablan de un retorno que no es al origen sino al sentido de la vida. Desde sus manos, la escultora interpreta los ciclos milenarios que han cultivado los viveros de las formas orgánicas del bosque y, no mucho más allá, del universo, haciendo converger la pauta labrada por el tiempo con la que modelan sus sierras y sus gubias. Cuando recoge una raíz recoge un gesto que luego prolonga en el taller adicionando su propio gesto para saber qué es lo que ambos guardaban hasta ese encuentro. Por eso Pilar Ovalle nunca ha trabajado el monólogo del bloque tallado sino los murmullos de las piezas adheridas o ensambladas, el diálogo del leño viejo con la tabla joven, la discusión de tres maderas convocadas para una cabeza, la algarabía del follaje de cintas sinfín sobre un tronco de cortes enhiestos. El sentido de la vida es así el desliz de la mano sobre una curva cuya vuelta nos confunde entre la forma original perdida y la que ha recuperado la artista.

Autosoportadas sobre el suelo, instaladas en sus plintos, pendiendo del aire, las maderas de Pilar Ovalle se despliegan en el horizonte curvo y nos invitan a vislumbrar las formas en que conversa la tierra con el cielo. Estos cálices para ejercer la vida son también un intento de interpretarla y a la vez una celebración a la sola posibilidad que ella exista. De tal modo, constituyen un homenaje reverente a Negenchen en Wenumapu antes que un exorcismo de Wekufü, y es quizás por esta vía asertiva y piadosa y no agresiva que nuestra intuición cósmica nos ha permitido prevalecer al mal. Así entonces, bajo la asombrada mirada del ojo de Niemayer, las esculturas de Pilar Ovalle restituyen sus maderas al cielo y éste sonríe de vuelta, complacido.

 

Mario Fonseca

Santiago de Chile, agosto 2005

Mario Fonseca (1948) es fotógrafo autoral, además de editor y crítico de arte.